LE CORBUSIER, EL HOMBRE SANDÍA Y LOS HUERTOS URBANOS

La semana pasada os contamos que la Rehdmad iba a participar en la semana de la Ciencia con varias actividades. Una de ellas fue una mesa debate sobre urbanismo, ciudad y huertos urbanos que se celebró el jueves 15 de noviembre en el Colegio Siglo XXI, en el barrio de Moratalaz.

Comentábamos que no esperábamos que nos condenaran a la hoguera por las opiniones que saliesen del encuentro. No hubo fuego, pero uno de los ponentes, Emilio Luque (sociólogo de la Uned) empezó a lo grande, con una traca, teniendo en cuenta el número de arquitectos urbanistas que acudieron a la sala: “Lo peor de los urbanistas es que son capaces de crear sus utopías”.

Afortunadamente no siempre lo consiguen. Citó la propuesta fallida de Le Corbousier en París, el plan Voisin, que se hubiese cargado  el barrio del Marais para convertirlo en una ciudad del automóvil.

Para Emilio los huertos urbanos son otra forma de hacer urbanismo, se anda, hay vida, contribuyen a crear una ciudad a una escala más humana.  Crean valor, comunidades, “¡Qué guay!, ¿no?”, “¿Pero cómo se gestiona la comunidad?” se preguntaba Emilio.

El anonimato era lo atractivo de la ciudad, estamos acostumbrados a rehuir todo aquello que suene a comunidad (en ese momento yo me teletransporté a las reuniones con mis vecinos. Como nunca voy, volví rápidamente). Se nos ha olvidado cómo crear tecnologías de comunidad.

Los huertos las aplican en forma de paellas, barbacoas, pero hay que reaprender, aunque la manduca  es una estupenda herramienta. Decía Emilio que “comer es un acto político” y que los huertos son unos lugares desde donde se puede reaprender la política.

Marian Simón, de Surcos urbanos, recogió esta idea. Los huertos urbanos son una vía para meter en la agenda política “qué hacer con la alimentación”: Fomentar redes de soberanía alimentaria, cambiar la normativa de suelos que permita en terrenos sin ocupar el uso agrícola productivo, potenciar el consumo de proximidad,…

El PGOU no piensa en las personas. Es un reflejo del modelo económico actual, basado en el crecimiento y la generación de escasez, fomentando la competencia: Si lo tienes tú, yo no”.

Marian defendía un modelo de desarrollo adaptado  a satisfacer las necesidades  a escala humana: la identidad, el ocio, el conocimiento, la subsistencia, el afecto, la identidad, la creación, el comprendimiento, la participación.

Los huertos urbanos encajan en este modelo: Afecto, ocio, creación, pero resaltaba Marian que en este momento crítico en el que estamos viviendo, también podría convertirse en un elemento de subsistencia básica.

“El urbanismo puede colaborar a avanzar hacia este modelo, pero es necesario que entren más factores. Uno fundamental es la sociedad. Debemos crear dinámicas que cambien nuestro modelo de alimentación”.

Rubén Lorenzo y Manuel Pascual, del Campo de la Cebada, nos contaron la experiencia de este espacio, situado en la antigua piscina municipal de La Latina.  También apostaron por una ciudad a escala más humana. “Los huertos urbanos son unos microorganismos que ayudan, pero deben entrar más en juego”.

Espacios como el Campo de la Cebada son un ejemplo. Contaba Manu sus diálogos por teléfono con Alfonso, vecino de la Latina, en plena actuación de un grupo musical o teatral para negociar el volumen del ruido en el solar y la duración del evento. Mucho más diplomático que la llamada directa de Alfonso  a la policía.

Así deben ser los espacios públicos, un lugar en continuo conflicto y negociación, nunca terminados, siempre a medias. Hay que recuperar el poder de dialogar para construir.

“¿Construir comunitariamente  bancos con palets es urbanismo?”. Ellos opinan que sí. Cambian  cualitativamente un espacio, son una herramienta de participación y aprendizaje. Un aprendizaje de ida y vuelta. También logra cambiar al arquitecto. La lluvia de ideas trabajando juntos cambian y mejoran el modelo inicial.

Roberta Dinanni, Otro Hábitat, compartió con los asistentes que “ es consciente del poder de la arquitectura, y por eso me retiré”. ¡Qué torera!.

Nos habló de “Imagina un parque”. Un largo proceso de tres años en uno de los barrios periféricos de Madrid , Canillejas.

La ciudad no está pensada para los más pequeños, así que su colectivo acometió la aventura de un diseño participativo con los niños de un colegio situado junto al solar que querían rehabilitar y entregar  al barrio.

¿Por qué un parque? ¿A Roberta y sus compañeros les hacía mucha  ilusión? No especialmente. Esa zona de Canillejas presentaba deficiencias de parques y zonas verdes para niños, así que partieron de una necesidad detectada en el barrio.

¿Cómo lo hicieron? A través del juego, la creatividad, la participación y la creación de redes dentro del barrio. Reuniones con los distintos actores sociales, talleres lúdicos y negociación, mucha negociación. Así  se consiguió convertir un solar abandonado en un parque pensado por los niños del barrio.

Unos urbanistas contando con la gente del barrio que además construirán ellos mismos el proyecto. ¡Qué marcianos!

El último en intervenir fue Jesús Vidal, de la Asociación de Vecinos Montecarmelo, tricampeona local de huertos desalojados por un mismo concejal del distrito de Fuencarral .

Jesús se definió como urbanista del alma y nos mostró su disfraz de superhéroe hortelano: el del hombre sandía, rojo por dentro y verde por fuera.

Con un fino sentido del humor nos contó que el huerto ambulante de Montecarmelo nació como un acto reivindicativo para reclamar los servicios públicos que no se construían en su barrio. El nombre del huerto era una alusión al centro de salud prometido desde hace años en el solar que fue ocupado por dicho huerto.

Lo primero que hicieron fue “limpiar el solar para limpiar el alma”. Crecieron antes los periódicos del 15-M que las lechugas. Su idea de huerto político no cuajó. Las asambleas pensadas nunca llegaron a celebrarse. “Bueno, pues a currar la tierra”.

Y ese fue el proceso enriquecedor. La gente del barrio trabajando juntos para preparar el terreno;  socializar el agua trasladando durante tres kilómetros un contenedor huérfano recogido de un descampado, plantando las primeras hortalizas, personas que se sumaban a echar una mano,…y el concejal de distrito de Fuenlabrada desmantelando el huerto.

Una, dos, tres veces, se repitió el proceso: vecinos recuperando un solar abandonado (el último con el consentimiento municipal), gente ayudando, un ciclista que en plena ruta se para y se desplaza hasta su casa para traer una herramienta que descompacte  el terreno, se plantan las primera lechugas,… y el concejal de distrito de Fuenlabrada desmantelando.

Emilio Luque en un cuento inédito contaba que las hormigas necesitaban que el PGOU acercase las mariquitas al huerto para poder eliminar las plagas de pulgones. Para ello se necesita construir ciudades a escalas más humanas, no como la obra faraónica que Le Corbusier proponía para Le Marais.

Yo, desde mi anonimato, propongo que el PGOU no necesita a concejales de distrito como el de Fuencarral  que maneja escalas poco humanas.

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