HOTELES DE INSECTOS

Nunca pensé que podría empatizar tanto con una araña, ir a comer relajado a casa de mi amigo Vicen (cocina unos platos incomestibles) desde que conozco a la lombriz Beatriz  o tener el piso tan impecable desde que lo comparto con unas hormigas que se me colaron en las zapatillas un domingo de picnic.

Desde hace unas semanas mi casa ha sido colonizada por los insectos. No fue nada terrorífico ni apocalíptico. La saga de películas de plagas de arácnidos y termitas que se filmaron en los ochenta fueron muy injustas con ellos, estigmatizando su ya denostada imagen. Eran retratados como masas sin rostro cuyo único fin era acabar con el planeta devastando todo lo que encontrasen a su paso.

Me costó notar su presencia en casa porque soy un tipo despistado. Un día eran  unas tostadas con  miel preparadas en la cocina. Extraño. Más si cabe porque vivo solo y nunca he comprado miel en  mi vida.

Otro día al levantarme de la cama mis pies caían justamente sobre las zapatillas. Extraño. Más aún porque siempre ando descalzo o en calcetines. Con los calcetines también viví efectos paranormales. Los agujeros eternos de los talones de los de andar por casa (alguna vez también salí por la noches con ellos) aparecían remendados con un resistente hilo blanco.

No quise darle más importancia, porque tampoco le dedico mucho tiempo a analizar las cosas. Pero un fin de semana que en principio iba a pasar en la playa descubrí la explicación.

A punto de coger el autobús para  Zahara de los Atunes, no pude subirme porque olvidé el billete en la mesa del comedor. Así que tuve que volver a casa. Y al abrir la puerta me topé con toda una microfauna sentada en el sillón viendo un documental de la 2 sobre el oso hormiguero: Arañas, abejas, avispas, tijeretas, mariquitas, hormigas (muertas de miedo), ciempiés, vamos un vergel.

Cien abejas me trajeron una cerveza de la nevera y me invitaron a sentarme. Me contaron que estaban desahuciadas. Habían sido desalojadas de los jardines y espacios verdes por falta de cobijo: Aplanaban y compactaban el suelo, retiraban los restos de madera muerta, los ladrillos y piedras con oquedades desparecían…

Desplazados de su entorno porque resultaban molestos. Pero quién se comería ahora los pulgones, quiénes polinizarían las flores, quiénes airearían el terreno, me decía apesadumbrada la lombriz Beatriz.

Me transmitieron que la situación era insostenible, que había sido muy tolerante con ellos, que se sentían muy a gusto en mi casa, pero comprendían que no era normal. Muchos de ellos eran treintañeros y les resultaba muy duro tener que depender de un humano para mantenerse activos en el ecosistema. Emigraban a Ginebra.

¿Ginebra? ¿Por qué Ginebra? Os vais a morir de aburrimiento y muchos no llegaréis, es un camino largo. Resulta que las luciérnagas revolviendo por las noches en mis cajones encontraron unas fotos que un compañero de la red de huertos urbanos me había enviado desde allí. Eran unas fotos de hoteles de insectos que habían construido en huertos urbanos de la ciudad para favorecer la presencia de la fauna edáfica.

Les dije que se quedarán diez días más. Quería compartir esta situación con los hortícolas de Madrid y la Asamblea del 15-M de desahucios para ver si animábamos a algún huerto de Rehdmad a construir un Hotel de insectos (eso y que las hormigas me tienen la casa como una patena).

A ver qué pasa. El invierno edáfico es muy duro. Se puede entrar en un proceso de letargo del que luego es muy difícil despegar el ala.

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