IMPREBIS A LA BERENJENA

Toda la noche has estado dando vueltas a la obra de teatro a la que fuiste ayer con tus amigos de la Escuela de Bellas Artes. No entendiste ni papa, pero decidiste interiorizar que habías visto un espectáculo rupturista, innovador, otra forma de entender el arte. No podía ser de otra forma por el entusiasmo de tus acompañantes y el debate posterior de tres horas entorno a unos gin tonic con virutas de hojaldre.

Sí, el arte a veces llena el espíritu, pero llega la hora de comer. Has de aterrizar, alimentar tu parte más orgánica. Abres la nevera, aún con el runrún en tu cabeza (“¿Por qué no entendía la obra?. El final de la serie Perdidos lo capté ipso facto).

Está casi vacía. En la cuarta balda sobreviven una lata de aceitunas, una berenjena, una zanahoria y un destornillador. Sientes un escalofrío por la espalda. Es una señal, quizás un reto que te lanza el destino para poner a prueba tu sensibilidad artística.

Lo ves claro. En Perdidos era una sucesión de números , aquí son las sílabas. Todo el interior es polisílabo: A-cei-tu-nas, Be-ren-je-nas, za-na-ho-rias, des-tor-ni-lla-dor, todos en la cuarta balda. No, el destino de estos cuatro elementos no era algo tan mundano como una cocción-ingesta. Ahí había una prueba: ¿Podría seguir acudiendo a esos espectáculos artísticos alternativos y disfrutar del mensaje alrededor de bebidas tan cool?

Me invadieron las musas. Mis brazos se movían solos. Saqué los polisilabos del frigorífico. Agarré la Berenjena e hice dos incisiones laterales simétricas por la parte más estrecha  de la solanácea con el destornillador. Incrusté en los agujeros dos aceitunas de manzanilla.

Frenético realizé una incisura entre de las olivas. Corté el extremo más fino de la zanahoria e introduje el pequeño cono naranja en la hendidura. Más abajo, perpendicular al cono, a presión, metí una rodaja de la parte superior de la umbelífera.

Ahí estaba mi obra. ¿Y la catarsis? ¿Debía introducirlo en el horno? Todo arte es efímero. No podía, esos ojos verdes me lo impedían. Lo metí en el congelador, no merecía una muerte anunciada por oxidación. Lo mantendría con vida hasta Febrero. Iría con él a ARCO, allí lo abandonaría. No podría tener un final más dulce.

Como siempre, la tutoria sensorial: