COSPEDALIZACIÓN BARRIAL

Ayer por la mañana bajé a la frutería a comprar dos kilos de naranjas de zumo, a granel, que soy yo un talibán del consumo sostenible. Saludé a Pedro, el frutero. Me dirigí hacia el estante de los cítricos y comprobé que el kilo había subido 80 céntimos:

– Pedro, menuda subida le has metido a las naranjas, ¿y eso?

– Qué va, es una desaceleración de la bajada del importe anteriormente establecido en una cuantía prácticamente similar

 – Bueno si es así, pon cuatro kilos.

Me extraño el vocabulario madeja del frutero, un hombre llano con el que me encanta charlar mientras me abastezco de hortalizas. Ese día recogí mis naranjas y no abrí ningún canal a la comunicación. Tendría un día espeso. A mí por las mañanas también me cuesta arrancar. No le di más importancia.

Balanceando las naranjas en mi bolsa de tela a rayas de color azul, rojo y verde, soy un talibán de los colores primarios, entré al taller de zapatería para que Joaquín le pusiese unas suelas nuevas a mis zapatos de baile de salón. Me chocó no ver a Ana, su compañera de trabajo de toda la vida.

 – ¿Dónde está Ana? No te habrán dado un soplo de que venía el inspector de trabajo y como la tienes currando en negro la habrás escondido en el armario.

– Oye, menos coñas. Además Ana hace dos años que no trabaja aquí.

– ¿Cómo? Pero si la semana pasada estuve hablando con ella sobre tangos.

– Bueno, físicamente sí estaba, pero ya no trabajaba para la zapatería. La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido en forma simulación de lo que hubiera sido en diferido en partes de lo que antes era una retribución.

– No habrás estado ayer con Pedro por ahí anoche.

¡Qué le pasaba al barrio! Me entraron unos sudores fríos y una leve flojera de piernas. Acudí a la farmacia para ver si me daban un vaso de agua y se me pasaba el sofoco.

Casi me da un ataque de ansiedad cuando Julia salió de detrás de las estanterías de medicamentos con dos jarabes Bisolvom Compositum. La causa no se debía a mi fobia por los medicamentos no genéricos expectorantes. Fue la estampa con la que se me apareció: peineta negra engarzada sobre un  moño  tirante, toquilla florada sobre la bata blanca y sonrisa impostada.

Me di media vuelta y huí. Las naranjas se salieron de la bolsa, rodando calle abajo. Me pareció escuchar una voz del subsuelo: La calle es mía, la calle es mía.

Anuncios