LA BICI TIRA AL HUERTO

Tras leer el poema carnet de conducir de Berta García que publicamos en el post anterior me entraron ganas de viajar en bicicleta. No quería emprender el viaje con mi velocípedo en solitario, así que llamé a mi compañero habitual de rutas a dos ruedas por el  extrarradio de Madrid. Javier, además de ciclista urbano experimentado, es uno de los coordinadores del taller de reparación de bicicletas gratuito de Esta es una plaza.

Con él ni los pinchazos, salidas de cadena y problemas con las marchas, son una barrera en la aventura urbana en la que a veces se convierte pedalear por Madrid. Además habla perfectamente italiano. Para mí que soy un esteta y un amante de lo superfluo, me parece una de sus mayores cualidades. Ya no entro en su generosidad ni en su atractivo físico. Quedan en segundo plano.

La senda comenzó en Lavapiés. Atravesando el Retiro enlazamos con el carril bici de O´Donnell hasta el cementerio de la Almudena. Aquí cogimos otro carril que discurre pegado a una de las fachadas del cementerio en dirección a San Blas. Al llegar nos perdimos por manzanas de edificios donde, como dice Javier, habría que estampar en sus fachadas el nombre del arquitecto que los diseñó. ¿Era necesario por ser de protección oficial construirlos con materiales tan precarios y con tanta falta de consideración a la gente que los habitaría? Javier opina que además del nombre del artista se debería poner una foto de la casa en la que vive él. Ya que se ha reído de ellos, que lo haga sin miramientos.

Tras serpentear por varias calles acabamos en el anillo olímpico a la altura de Canillejas. Entré en el anillo con recelo, temeroso. Me asustan los círculos. Pienso que no podré salir de ellos y entraré en un bucle eterno. Ejemplo de mi paranoia es la veda que mantengo a la línea gris del metro de Madrid, la seis, la circular. Jamás me he subido por el miedo a envejecer en ella.

Pero con Javier fui capaz de acabar con  mis miedos. A su rebufo empezamos a tomar repechos por el carril olímpico. En una curva, a la derecha del carril, vimos a un abuelete llenando de agua unos cubos en la fuente de un parque (una fuente con agua ya era todo un descubrimiento en Madrid). Vimos como se dirigía a un descampado amarillo, pajizo, lo que viene siendo un secarral. A nosotros se nos encendió el gen hortícola y decidimos seguirle.

En una primera mirada parecía que un ovni había aterrizado en San Blas. ¿Encuentros en la tercera fase del PAU?

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Al abrir al campo de visión comprobamos que nuestro gen funcionaba. Un grupo de vecinos habían comenzado a ganar terreno al suelo sin uso. ¡Otro huerto en Madrid!

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Este era algo diferente al de los huertos comunitarios de la Rehdmad. Cada vecino se había acotado su parcelita y era el dueño de sus cultivos. Eso sí, era ecológico y como nos contó uno de los participantes más veteranos (un italiano que lleva 30 años en Madrid) compartían consejos y truquillos entre todos.

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Lo que nos pareció marciano, más enigmático que la estampa del Ovni como fondo escénico, fue que el Ayuntamiento les había cedido el agua gratuitamente. Es más, les habían habilitado una boca del riego. Mientras Frabrizio (nombre ficticio, pues no recuerdo cómo se llamaba) nos relataba este milagro se me vino a la mente una de las frases míticas del cine de ciencia ficción.

Para acentuar este trance alucinógeno, una familia joven con azada en mano entró en el huerto. Venían de Moratalaz y estaban encantados con los tres meses que llevaban acudiendo al huerto. Ya habían degustado su primer kilo de calabacines ecológicos.

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Henchidos de felicidad montamos en nuestros velocípedos abandonando el huerto sin nombre. Duró poco. Atravesamos otra zona de repechos en la que a punto estuve de coger una pájara y perder el maillot verde que premia al ciclista habitante de la zona centro que ha conseguido desplazarse más allá de 2 kilómetros de la almendra central.

Con la ayuda de Javier, me ofreció su rueda trasera en otro gesto generoso, descendimos hacia Moratalaz. Seguimos bajando y a la altura del Pozo un destello amarillo nos cegó. Nuestro gen volvió a activarse y nos condujo hacia otro vacío urbano donde descubrimos…¡Otro huerto!

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Los girasoles fueron los causantes del destello. Nos encontrábamos en el huerto ecológico de la Asociación de vecinos del Pozo, este sí, comunitario. No había nadie, y aún así, no robamos ninguna calabaza ni tomates. Estaremos parados, pero somos gente honrá.

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 El Viernes que viene nos adentraremos por la otra mitad del anillo. ¿Descubriremos más fuentes con agua, gestos caritativos del ayuntamiento, gente que no utilice los carriles bici para pasear con la familia ocupando todo el ancho.?

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