La bici tira al huerto II

La segunda jornada ciclista por la otra mitad del anillo Olímpico se demoró. No acudí a la cita con Javier por incompatibilidad de agendas. Javier la emprendió en solitario. Por el camino quemó a varios ciclistas metrosexuales (casco, maillot, mitones, gafas de diseño…). Eran incapaces de asimilar que un tío con pantalones cortos vaqueros, chancletas, gorro de paja de la red de huertos comunitarios de Madrid y camiseta de mercadillo les sacase de rueda cuando el piso se inclinaba.

Sin mi compañero de ruta, dos semanas después, me monté en mi velocípedo.  Temeroso. Me cuesta abrir caminos. A la media hora, al ver que aún no me había perdido, aceleré el ritmo de las pedaladas. Ya ciego de confianza en mí, negociaba las curvas sin frenar y me lanzaba en las bajadas adoptando posturas aerodinámicas.

En una cuesta pronunciada que enlazaba una curva cerrada, intenté frenar . Sin respuesta.  Tranquilízate. Piensa con frialdad. “¿Qué haría Javier?”. No se me ocurrió nada. ¿Y yo? ¿Qué haría yo? Empecé a gritar: “La Mare de Déu”.

Y resultó. Justo cuando visualizaba mi cuerpo sobre el asfalto rosado mi velocípedo se elevó. Estaba levitando sobre el suelo de Madrid. Tengo que poner una cestita a la bici, fue lo primero que pensé.

¿Adónde cabalgaría mi unicornio? Tengo que aprender a orientarme por el sol. Es lo segundo que pensé. Lo mejor sería relajarse, así que me eché una cabezadita sobre el manillar. Cuando desperté había aterrizado sobre un vergel.

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La Mare de Déu, estaba frente a la puerta de entrada del Can Masdeu, uno de los huertos urbanos pioneros comunitarios de Barcelona, situado en la sierra de Collserola.

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Estuve hablando con uno de los integrantes de este proyecto que además de apostar por la agroecología urbana, intenta mantener a salvo de la especulación urbanística este valle enclavado en un espacio natural protegido.

Tras agradecerle el tiempo que me dedicó (una mañana de agosto de 34 grados) descendí por el camino de tierra que me devolvería de nuevo al asfalto . La mare de Déu, no me apetecía nada. Milagrosamente mi velocípedo levitaba otra vez.

¿Sería mi velocípedo inteligente? Al menos estaba aprendiendo a leer mis pensamientos. Me depositó en la playa de San Pol de Mar, a una hora de Barcelona. No tuve más remedio que mimetizarme entre los guiris ribereños. Me zambullí en sus aguas y refresqué las ideas desde uno de los chiringuitos de la playa.

San Pol

Tras dar las  moltes graçes al camarero le dije a mi velocípedo que me llevase a la Comarca de la Safor, en Valencia. Concretamente a la playa de Miramar donde mis padres tienen un pisito. La comunicación con mi bici ya era directa. Rehusé las metáforas. Despiértame cuando llegue.

Y allí pasé unos días relajados, bajo las alas de papa y mamá que me cuidaron con guisitos de verduras y algún que otro chuletón.Para digerir estas comidas pantagruélicas montaba sobre mi velocípedo por los caminos de huertas y naranjos.

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En una de mis excursiones atravesando el pueblo de Piles  me topé con un huerto que me pareció muy especial . Sobre un solar sin uso alguien había empezado a acondicionar el suelo para instalar un huerto. Me pareció muy significativo que en una zona tradicional de huertas, se empezase a ocupar terrenos para uso agrícola.

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En realidad, tiene bastante sentido. Esta zona de Valencia fue castigada por el boom urbanístico. Gran cantidad de huertas fueron arrasadas para construir torres de edificios exentos de estética.

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Otra gran parte de los terrenos agrícolas están reclasificados como suelo urbano esperando que algún inversor empiece a talar naranjos.

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De vuelta en Madrid llevaré mi velocípedo a Esta es una plaza para instalarle una cestita. Dentro de 10 días vuelvo a Valencia. Ni Ave, ni Avanzabus, ni coche. La Mare de Déu, qué bien se va en bicicleta.

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