HABEMUS HORNO DE ADOBE COMUNITARIO

Cuando hace unos cinco meses se aprobó en la asamblea de “Esta es una plaza” la construcción de un horno de adobe en su jardín comunitario me eché a temblar. La propuesta partió de Marta. Así que salí consternado de la reunión, con la certeza de que mis fantasmas volverían.

Marta ya propuso y coordinó con éxito otro taller participativo para levantar una estructura de cañas que en la actualidad se erige como uno de los símbolos del trabajo colectivo en la plaza. Sí o sí, el horno saldría adelante. Y sí o sí volvería a ponerse en evidencia mi incapacidad para los trabajos manuales. No dije nada, pero a la semana siguiente acudí a bautizarme y a rezar religiosamente todos los días para que el cambio climático se precipitase sobre este solar del barrio de Lavapiés. Ansiaba un esceneario de nubes grises y lluvias apocalípticas que impediesen solidificar los ladrillos de adobe.

Mis oraciones no tuvieron eco. A los pocos días apareció el fantasma en mis pesadillas.

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Si había sido incapaz de hacer un nudo a dos cañas, ¿cómo conseguiría hacer un paralelepípedo a partir de paja, barro y agua? Y en el caso de lograrlo, ¿cómo encajaría mi ladrillo imperfecto sobre los inmaculados adobes del resto de participantes? ¿Habría fuga de gases por mi incapacidad para sellar con barro las juntas de los adoquines? ¿Fracasaría el proyecto por mi participación? Aléjate de mí, monstruo.

Lo habían planeado todo maquiavélicamente. Un grupo de personas acudirían a Palencia para recibir un taller de formación por parte del colectivo Estepa. A la vuelta varios de ellos enseñarían a los participantes inscritos en Madrid y a todos los visitantes espontáneos a construir el horno en la plaza.

Yo sudaba cuando Mariló, que coordinó la primera fase de construcción de los ladrillos de adobe, me contaba que habría que cavar una piscinita en el pétreo suelo del solar. Que en ese hueco se vertería el agua, el barro y la paja cortada. Que allí descalzos  pisaríamos  para conseguir la masa madre. ¿Pero quién puede disfrutar con eso?

Pues parece que sí se disfrutaba. La visión helénica de Ale, otro de los habitantes del espacio, sobre la masa germen del futuro horno cambió mi actitud hacia el taller. Si él, otro gran incapacitado manual, gozaba utilizando sus pies ante su impericia para manejar sus extremidades superiores, yo también podría plantearme cómo colaborar en el taller sin sufrir mis fantasmas. Inferí que mi aportación sería observar con hedonismo el proceso.

 IMAG0099Ale, el Dios del barro

IMG-20130903-WA0003Los arcángeles del Dios

Mi fetichismo visual se activó cuando recibí el video de la primera fase que grabó Miguel, uno de los  participantes asiduos del taller. Esto me motivó a acudir durante más mañanas de lo habitual en el mes de julio al solar.

En la segunda fase se procedió a la construcción del mosntruo de adobe. Aún no estaba relajado frente a los ladrillos de barro, pero iba soltándome. Llegué incluso a rozar con la yema de los dedos uno de los adobes.

Lo que más me llamó la atención del proceso eran las concentraciones de personas frente a la estructura que día a día crecía. Aglomeraciones para aprender y participar: Tú pones la pasta de barro y paja, yo colocó un ladrillico, antes ella ha comprobado con un nivel que vamos bien, échate para un lado que voy a medir un ángulo, espera que me subo encima del horno que no tengo cobertura a ras de suelo,…

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A mediados de agosto uno de los vecinos de la plaza se percató de que la tapa del horno se estaba agrietando por el calor estival. No había nadie en torno a él. Nos sugerió a los pocos que estábamos ese día regar la parte superior. Su mirada se fijo en mí. El fantasma volvió.¡ A que ahora le paso la manguera y se derrite como un cucurucho de chocolate! Llamamos a Marta para informar. Nos dio la bendición para la ducha revitalizadora. Milagrosamente lo regué con una lluvia fina y siguió en pie. El fantasma se esfumó y no volvió a aparecer.

Según avanzaban los días el horno se abovedaba. Un día apareció terminado frente a mi cámara.

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¡Qué hermoso era el monstruo que habíamos construido entre todos! Unos más que otros, pero me sentía parte de los orfebres del barro. ¡Podría habérmelo cargado con la manguera!

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 ¡Habemus horno comunitario!

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