FRACKING MARTINI

Ayer te sentiste como James Bond en la fiesta de inauguración de la nueva tienda de agroecología de la Cooperativa Germinando. Cinco chicas atractivas vestidas de rojo agasajándote con vinos y cava.

Saliste eufórico. Algo histriónico también. Amagaste el gesto de llevarte la mano al bolsillo de la chaqueta para enfundarte las gafas negras y colocarte después el nudo de la corbata con dos dedos bajo el dintel de la entrada. Te giraste, nadie te prestaba atención. Una chica desde la acera de enfrente se río. La escena resultó ridícula.. Era de noche, no llevabas gafas de sol y anudado al cuello lucías con poca gracia un pañuelo palestino.

Aún así, la actitud caló. Al día siguiente te apetecía, es más, tu cuerpo exigía un cóctel de película para comenzar la jornada. No ibas a ahorrar en esfuerzos ni en glamour. El modo Bond, James Bond, aún corría por tus venas.

Prepararías el famoso Martini a lo grande. Tenías la idea, te faltaba la tecnología. Llamaste a tu doctor Q barrial, Evaristo, el único amigo de la pandilla que aprobó un módulo de FP.

– Evaristo, necesito una máquina que inyecte aire a gran presión sobre un solar de tierra abandonado que hay en mi barrio.

– ¿Cuál es el objetivo?

– Que tiemble el solar, que Madrid se agite.

– ¿Es un acto reivindicativo por el urbanismo daltónico del Ayuntamiento? ¿Por su política de desmantelar huertos urbanos?

– No, es por puro hedonismo. Hoy me siento Bond, James Bond.

– ¿Qué grado de seísmo necesitas?

– Entre 3-5. Similar a los últimos seísmos acaecidos en Castellón por las inyecciones de gas en el almacén subterráneo del proyecto Castor.

– Vale, te llevo una bomba de aire para inflar neumáticos Michelín de Formula 1. Es lo más potente que tengo en el cuarto trastero.

Ya con la bomba de aire en tu poder, junto con una silla de playa, una mesa abatible campestre, una botella de Martini, hielo picado y una cubitera, bajas al solar. 

Durante tres horas inyectas aire. Añades también al subsuelo algo de lejía porque el Doctor Q no pudo proporcionarte químicos más especificos que disgregasen las rocas del subsuelo.

Despliegas la mesa y la silla. Preparas el Martini. Dejas la cubitera sobre el suelo. Te enfundas las gafas de sol. Mientras esperas el microseísmo que agite la cubitera, te pasas el pulgar por la comisura de los labios. En tu cerebro suena Goldfinger.

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